
septiembre 20, 2011
octubre 20, 2010
Come on! Eileen??
“Our mothers cried and sang along and who'd blame them.” /-Dexy’s Midnight Runners
Todos tenemos un nombre. Uno que no escogimos.
Un buen día superas el babeo, el gateo y el balbuceo y despiertas a tu conciencia para enterarte de que alguien más ya ha hecho un decreto verbal y escrito sobre lo que eres. Soledad, Esperanza, Dolores, Consuelo. Ni terminas de resignarte a la mudanza del vientre materno para asumir tu individualidad cuando ya ha sido condicionada para siempre por quienes te arrastraron al reino de la materia (con lo calientito que se está del otro lado).
Victoria, Tranquilino, Calvario, León. Alguien ha asignando un conjunto de sonidos sólidos, significados ambiguos y letras para predestinar un curso cuya creación debería corresponderte.
Santo. Justina. Primitivo. ¿En qué están pensando algunos padres cuando lanzan en nombre de sus hijos este tipo de conjuros? Empiezo a sospechar que la mayoría lo hacen dormidos; ni siquiera están pensando.
Emilio dice que el mío lo leyeron en los créditos de una peli cuando Sara Luz todavía no me daba a luz, pero para la niña de 5 años que aprendía a escribir, la anécdota cinematográfica sobre el origen de su nombre sólo servía para justificar glamorosamente a sus padres por haberle complicado la vida de a gratis. Uno de mis primeros recuerdos es el trabajal que les costó hacerme entender que la maestra del kinder no era idiota, sino que mi nombre, por alguna inexplicable y ociosa razón, no se escribe con las mismas letras que se usa para pronunciarlo.
“Pero qué necesidad”, decía Juanga, nunca en vano.
Tampoco es como que Sara Luz haya hecho algo para impedirlo; luego de heredar el nombre de una abuela que para ella sólo tuvo terrorismo emocional, se prometió no endosar a sus hijas ninguna identidad ajena, mucho menos la propia. ¿Por qué entonces permitió ese nombre en mi nombre? Tratando de que me respondiera esta pregunta descubrí bien temprano que algunas decisiones encuentran su sustento más firme en el poder justificativo de una buena anécdota.
Pero a ver, Sara Luz no lo hizo sola. Hablemos de Emilio.
Podríamos decir que quien recuerde al protagonista de Big Fish y su talento para contar recuerdos cimentados en ficciones básicamente conoce a mi Papá. Crecí preguntándome cómo se las había ingeniado para surcar los siete mares como chef de un barco, anotar los más grandes goles en su brevísima etapa de futbolista profesional, inventar los mejores cortes en su carnicería y, entre una cosa y la otra, ser papá de cuatro niñas. Ficciones salpicadas de realidad: el caldo de infancia que me alimentaba las sonrisas.
Muchas crónicas después, los orígenes hollywoodenses de aquella historia primigenia sobre mi nombramiento deben haberlo aburrido, porque un buen día enfrentó mi pregunta recurrente con un relato sobre nuestros antepasados granbritánicos (yo creía que eran españoles) con quienes coincidía en dos cosas: en que habíamos de honrar la cultura originaria y en que no existían nombres de pila tan flamboyantes como los celtas para acompañar nuestro apellido irlandés antiguo… dato que, si me preguntas, sigue siendo insuficiente para decidirse a bautizar a una niña mexicana con un jeroglífico arcáico que habría de deletrear cotidianamente tres veces por día. Ya si estaban clavados con lo foráneo de menos podrían haberme puesto un nombre Beatle, como el de Michelle, mi hermana mayor, afrancesado como el de Emilie, la menor, o más intuitivo, como el de Leslie, la de enmedio.
Más que por mí, lo siento por los cientos de recepcionistas, representantes de ventas, empleados gubernamentales, gerentes de atención al cliente, familiares políticos, maestros y baristas de Starbucks que han tenido que vérselas con la escritura y pronunciación del nombrecito. Mi credencial del asturiano, por ejemplo, tiene un error tipográfico desde que me acuerdo: doble ene en vez de doble “e”. Esos pinches gachupos son lo suficientemente conservaduristas para que el papeleo del cambio legal de nombre me resulte más atractivo que el de la corrección del desafortunado typo. Putos.
Hace no mucho tiempo, mientras rumiaba mis casos perdidos en voz alta sobre la cama de Sara Luz -quien padece, sin saberlo, de un sofisticado caso de narcolepsia-, aproveché su primer síntoma para transformar el esplendor del ocio de un domingo cualquiera en otra de mis cruzadas fetichistas para descubrir por qué coños me habían puesto así.
- Sara (a mí sí me gusta su nombre), ¿por qué me pusieron Eileen?”
Abre un ojo. El otro parece tenerlo engrapado.
- No sé, nos gustó.
Aprovecho su evidente somnolencia para infiltrarme en su subconsciente con la astucia que el mejor de los DiCaprios sólo podría haber soñado.
- Pero a ver, trata de acordarte. ¿Por qué ese nombre? ¿Cuáles eran las opciones?
Gruñe. Se reacomoda.
- No me acuerdo. Te decíamos “la nena”.
-¿Cómo? ¡¿CÓMO?!
- Sólo por unos meses, mientras nos decidíamos.
El clímax del horror. Hasta los cachorritos en adopción de los powerpoints que mandan las señoras por mail vienen bautizados, pero yo, yo llegué al mundo en el puto anonimato. Podría jurar que en ese momento las Virginias, Dolores y Soledades del mundo tuvieron un simultáneo ataque de risa burlona. Uno como sea, pero… ¿y la nena?
Por primera vez en años, “Eileen” me sonó a Consuelo, a la "Luz" contenida en la etimología del nombre celta que me definirá mientras tenga conciencia y que, bendito dios, por lo menos no tiene diminutivo. Al final, sin querer queriendo, Sara Luz terminó poniéndome su nombre... or not.
He dejado de indagar. Me contenta que a ninguna Justina le han escrito una canción.
“Eileen I’ll hum this tune forever.”
julio 18, 2010
Master commands.
julio 04, 2010
abril 11, 2010
Del sol y el pelo largo.
febrero 01, 2010
Dos sabios

Coincidir. Conversar. Converger.
En nuestra incredulidad, seguimos preguntándonos cuál es la sustancia invisible que une a dos seres en uno solo, cuando no es más que corazón y contraseña.
Cómplice. Contrincante y Coautor.
Antípoda propia cuyo enigma hace sentido. Reflejo a veces grato, a veces incómodo, pero al ser siempre certero es siempre verdadero.
Contradecir o Complacer. Convencer o Comprender. Conciliar.
La intención mutua y simultánea de vencer cualquier inercia individual a favor de un vínculo que se ha vuelto imprescindible.
Compromiso. Constancia. Conciencia. Congruencia.
La amistad incondicional de dos niños, dos sabios, dos amantes que habiéndose ya elegido se han dispuesto a correr el riesgo de volver a elegirse. Las veces que sea necesario.
Compañeros.
Cómplices.
Cónyuges.
Que lo que hoy une el hombre no haya Dios que lo separe.
P.D. Está de más decir que todos lloramos como señoritas.
diciembre 22, 2009
Flor de Luto
Del libro marrón. Diciembre 22, 2008.
Hoy enterramos a mis Abuelos.
Las cenizas de Teresa ya llevaban una década y media en esa urna de madera pero César, su esposo, nunca quiso decidir qué hacer con ellas. A pesar de haber sido un racionalista irreductible y hambriento de respuestas, decía que no creía en los cementerios como si adrede le plantearan la única pregunta que nunca quiso hacerse.
Mi Abuela era todo lo contrario. Conservo imágenes muy tempranas del idilio que sostuvo en vida con su sombra; esa contraparte que, para quienes hubieran preferido no haber nacido, siempre empieza en el lugar de origen. Hablaba sobre deliciosos tacos de gusanos, huevos de hormiga y otros condumios insólitos que se comían en la Pachuca de su infancia y que lejos de transmitir antojo sugerían barbarie. Criaba jilgueros, loros y periquitos australianos con quienes silbaba todas las mañanas, mientras desayunaba huevos crudos directamente de la cáscara, como Rocky. Era una guerrera que bordaba flores de colores. Con su voz de niña nos hablaba de La Santa Muerte y (junto a su colección de memorabilia católica) montaba pequeñísimos altares de velas para honrar figurines huesudos y esqueletos de plástico. Los besaba y les hablaba de usted, como pidiéndoles el favor.
“Cuando me muera, quiero que se suban a una avioneta y tiren mis cenizas desde el cielo sobre el campo, sobre los cerros de Pachuca.” Aunque narraba su fantasía recurrente con euforia casi infantil, al principio me causaba una impresión incluso física, pero al final conseguía que la visualizara volando libre, con los brazos abiertos y la sonrisa plena sobre un vergel bañado de luz y de vida.
Cuando la huesuda por fin escuchó las oraciones de mi Abuela, el Abo convirtió su casa en el mausoleo que conservaría intacto el tema de la muerte y su añoranza de la propia, con la exhibición permanente de la urna a manera de amuleto. Los catorce años siguientes todos quisimos creer que lo había hecho así para sentirla cerca, pero hoy sé que era la forma más cómoda de posponer el luto y de paso endosarle lo del doble entierro a quien se dejara. Sigo sin entender cómo un ser con tanta sensibilidad para la música toleró el agnosticismo. Fue pianista resignado, letrado autodidacta y filósofo triste. Nunca formuló ningún deseo sobre el destino de sus restos porque no le parecía importante. “Para cuando tengan que decidir qué hacer conmigo yo ya voy a estar fuera de este cascarón; a mí qué más me da lo que hagan con él.”
Llegado el momento, en abril, no hubo uno de sus tres hijos que quisiera hacerse cargo del nuevo asunto, mucho menos del pendiente. César escapó a Guadalajara, Sara se desentendió y, en la indiferencia, Susana se llevó a su casa la segunda urna y la acomodó junto a la primera. Así, en la desidia de sus hijos, las corazas de mis Abuelos cumplían su condena en el purgatorio material.
Con la visita inesperada del tío César y familia, Susana y Sara se quedaron sin pretexto y convocaron con mucha prisa y pocas ganas a quienes pudimos interrumpir nuestras actividades para asistir al funeral doble. En la sobremesa de una comida improvisada y apresurada al sur de la ciudad, se decidieron por los Dinamos sin sentimentalismo alguno, sólo porque estaban ahí cerca.
La caravana ascendía en silencio. Afortunadamente vimos pasar a las familias jugando futbol en los llanos y los ríos con sus torrentes de basura: el despoblado a medio reventar en pleno san lunes. Atrás fue quedando el hormigueo de los almuerzos campiranos que concluían al anuncio de un atardecer precoz. En algún lugar entre el tercero y el quinto dinamo –cuando el paisaje invitaba a bajar los vidrios y llenarse los pulmones de bosque- por fin bajamos de los coches, abrimos ambas urnas (cargando sólo con los restos incinerados de las personas que más me quisieron y mejor me lo demostraron cuando niña) y echamos a andar.
César se dejó ver entusiasta. Susana no pronunció palabra y Sara no sabía hacia dónde caminaba con sus tacones sobre el lodo, pero caminaba. No era el típico clima de funeral. Lejos de eso, la excursión parecía emocionarnos. Unos bromeaban para no llorar, otros querían acabar de una vez por todas y los demás abogábamos por la búsqueda del lugar perfecto: un paisaje de río y verde donde ambos pudieran devolver para siempre la materia que les fue prestada.
César dijo “¡Escucho agua que corre!”, Susana estiró el cuello y, al otro lado del sonido, Sara halló por fin el lugar. Casi inmediatamente abrimos las bolsas de tela y plástico y hundimos nuestros dedos en los restos calcinados. Al tacto de mi abuela recordé de golpe cuánto le molestaban las cosquillas. “Son las últimas, Teresa” le dije en silencio. Aventamos puños de Abuelos sobre las plantas, sobre las flores, sobre el pasto, como si fueran confeti. Hicimos del sepulcro una fiesta silenciosa. César contenía las lágrimas, Susana apretaba la mandíbula mientras señalaba huecos del paisaje que no habían sido aún espolvoreados de gris y Sara tenía prisa por terminar. Mientras se despedían de sus padres, acogiendo simultáneamente sus afectos inconclusos, era fácil imaginarlos de niños.
Mientras entregaba a mi Abo al río encontré un pedazo de la prótesis que le implantaron años atrás para devolverle temporalmente la movilidad (y con ello la autonomía que tanto valoraba) durante los años que siguieron a la muerte de su Chata. Como niños que encuentran un tesoro en medio del bosque, nos reunimos alrededor del pedazo de metal ahumado y celebramos el hallazgo tirando más confeti. Luego lo tomé y lo vi caer al lecho del cauce transparente.
Susana dio las gracias. César se despidió distante, calmo pero medio revuelto. Sara dijo “Por fin eres libre, Teresita” mientras rociaba las últimas cenizas grises sobre flores amarillas y lilas, aunque por su entusiasmo de niña bien podrían haber sido pétalos.
En el silencio, en el frescor de la tarde húmeda y fría del cerro, lejos de la cripta y de Pachuca, yacen mis abuelos, mis viejitos, mis primeros amigos.
Descansan para siempre en su cama de vida.
agosto 13, 2009
Paisaje
julio 31, 2009
Nina watch the stars

julio 22, 2009
julio 04, 2009
junio 28, 2009
mayo 06, 2009
Watching the skies
La pena que me daba hablar en inglés cuando no me bastaba el vocabulario.
Sólo comienza.
Heaven can wait, we're only watching the skies
Hoping for the best but expecting the worst
Are you going to drop the bomb or not?
Let us die young or let us live forever
We don't have the power but we never say never
Sitting in a sandpit, life is a short trip
The music's for the sad men
Can you imagine when this race is won
Turn our golden faces into the sun
Praising our leaders we're getting in tune
The music's played by the madman
Forever young, i want to be forever young
Do you really want to live forever, forever forever...
Some are like water, some are like the heat
Some are a melody and some are the beat
Sooner or later they all will be gone
Why don't they stay young?
It's so hard to get old without a cause
I don't want to perish like a fading horse
Youth is like diamonds in the sun
And diamonds are forever
So many adventures couldn't happen today
So many songs we forgot to play
So many dreams are swinging out of the blue
We let them come true
Forever young, i want to be forever young
Do you really want to live forever,
abril 09, 2009
Walking away

imagen: Postsecret
I wish I didn’t need closure
so I could pick up my pieces,
and take with me only what will make me smile tomorrow
but I’m not that wise.
I wish you had wanted me to see you
so we could have done less pretending and more sharing
less easy jokes and more real talks
but you’re not that brave.
I wish I hadn’t let you bite more than you could chew
so we could walk, laugh, cry and grown
I wish you hadn’t smoked pot so much.
febrero 14, 2009
AMEN

Respetabilísimos amores de mi vida (ustedes saben bien quiénes son):
Llevo semanas peleándome con un bloqueo creativo que no conseguía sostener en mi mano, pero uno no encuentra nada hasta que deja de buscarlo. Ahí estuvieron siempre las cosas sobre las que quería escribir gritando mis verdades recrudecidas desde las paredes de la entraña, pero hoy afortunadamente amanecí con la misteriosa y conmovedora urgencia de leerlas.
Sí, amable lector; yo sé que siempre me agarro de usted para hacer mis catarsis, pero téngame paciencia: estoy regresando de darle la vuelta a mi mundo interior en 80 segundos en pleno día de San Valentín -no sin antes haberle arrancado, una a una, las capas de comercialidad- y me siento obligada a rescatar un par de esos mensajes que en celebraciones como la de hoy suelen extraviarse entre globos metálicos cardiacos y flores asesinadas, y los cuales considero de vital importancia:
Ámense.
Quiéranse a pesar de los callos de su personalidad, de las corazas de su corazón.
Arriesguen.
Dénse el lujo de volverse vulnerables.
Huélanse, tóquense.
Desnuden sus sentimientos de cualquier máscara.
Arránquense todas las etiquetas
Y también los lastres que traen arrastrando del pasado.
Pónganles palabras a los sentimientos, que un "No" nunca va a doler tanto como un "Hubiera”.
Escupan los Teamos que tienen atorados en la garganta.
Acérquense.
Dejen de regocijarse en el morbo de sus cicatrices y quítenles de una vez las últimas puntadas.
Vuélvanse locos, que para encontrar la razón hace falta perder un poco la cabeza.
Amen...
y Amén.
febrero 08, 2009
febrero 03, 2009
enero 15, 2009
To whom it may concern
noviembre 23, 2008
Trampa sagrada
Mentiras. Mentira.
El habla seca del poeta triste.
Su joven ejercicio de la palabra.
El viento que insiste en seguir silbando
aromas de sopores impronunciables.
Tibio estanque.
Suculentas prohibidas.
Insulsos amores tendió noviembre
sobre las playas de mi vida.
Mentiras.
Mentira.
Violenta y una sola.
La de mi antifaz y tu fantasma.
Mentira.
Bastó una.
noviembre 13, 2008
Asalto a entrepierna armada en cuatro movimientos.

(Andante acceleratto)
Estación de metrobús de Hamburgo. Hora pico. Comienza la danza. A la entrada y ante la necesidad de adquirir una tarjeta para abordar este transporte por primera vez, una aberración de la tecnología automática me arrebataba eficazmente un billete de cien pesitos para cubrir mi saldo de ocho. Luego de un minuto de espera inútil, el caballero a la cabeza la fila que estoy haciendo crecer detrás mío resulta no serlo tanto cuando me explica, ya bastante impaciente, que aquel bendito invento del hombre blanco no da cambio.
Segundo movimiento: Cachete con cachete, pechito con pechito/ Reich aguénst de machín.
Recién daba marcha mi trayecto iniciático en un muuuuy saturado vehículo, una aberración de la raza humana me arrimaba descaradamente su herramienta de trabajo sucio por detrás (para incomodarme y distraer mi atención) mientras otro error de la naturaleza me bolseaba por delante. Alcanzo a ver sus manos salir de mi bolsa en el último nanosegundo del atraco cuando dos ojos -firmes pero vacíos, como los del ganado vacuno recién aniquilado- me imponen la resignación. Su compinche confirma la amenaza sometiéndome con su cuerpo contra el del primero.
Tercer movimiento: Wake me up when november ends
(Arabbiatto sostenuto)
noviembre 03, 2008
Un par de certezas
Del libro marrón. Agosto 1, 2008.
- Que todas las pasiones (sobre todo las que suscitan entre sí las personas) son transitorias
- Que estamos condenados a la continua mutación de nuestra caligrafía, no importa cuánto apego hayamos llegado a sentir por ella
- Que para cuando la mente empieza a volverse madura el cuerpo ya lo está demasiado
- Que todos los personajes de nuestro sueño cambiarán de máscara
- Que la misma Eileen es sólo un personaje que interpreto todos los días por no variar... aún sabiendo que podría
- Que no hay peor lucha que la que no se hace
- Que no hay peor hecho que el que no es lucha
- Que, eventualmente, el loco que hemos confinado a nuestros adentros terminará por arrancarse la camisa de fuerza
octubre 21, 2008
The Bedroom

No tengo tiempo para detenerme a pensar cómo sucedió, pero sucede que aquí estamos.
Llevo un rato sentada en tu cama, como ayer pero distinto. En un universo donde el espectáculo es tu abrazo se siente como estar en primera fila. No, todavía mejor: es algo así como ser dueño de un palco. Sonrío.
No puedo acordarme sobre qué hablábamos antes (antes de "esto"), siempre fue menos importante que disfrutar el mero hecho de compartir un momento contigo... pero ahora, en pleno ejercicio fallido de la memoria me interrumpe la necesidad de deliberar si se trata o no de un sueño.
Te levantas para traer el té y a la vista de tu espalda me olvido de mis estupideces oníricas y me asalta la urgencia de hundir mis dedos en tu pelo; despacio, haciendo surcos que suban desde tu cuello hasta sostener tu nuca en el hueco de mi mano. A veces me arrojo a mis fulgores demasiado tarde. ¿Cómo hago para contener el esplendor de este instante inverosímil antes de que termine de escurrírseme entre los dedos?
Saco la Moleskin. Cualquier título sirve para inaugurar el recipiente.
The Bedroom
En un envase de palabras debo reunir los pedazos, anudar la confirmación de la vigilia con las instantáneas que hoy me lleve y revelarlo todo junto sobre el papel más tarde, cuando ya estés lejos. No sé de qué platicábamos antes de haber empezado a soñar(nos) pero en mi prisa casi me permito desear que hubiéramos hablado menos de nada y más de todo lo que me gustaría saber de ti y hoy deberé inferir de este espacio que aún habitas.
Rojo + negro. Contrastes increíbles…
Todavía no vuelves de la cocina pero ya te miro, te estoy mirando a través de tu habitación, sabia alianza de orden y espontaneidad. Ya comienzan los objetos a silbar tus colores desde todos lados.
… y si no lo escribo se me olvida.
Ese tubo que repta sobre el muro rojo estaba muerto antes de que lo pintaras de negro. Ah, así que ahí colgaste la campana que me describías, esa que canta un tono agudo y largo cuando la besa el viento. Colocaste sobre la pared imágenes de animales como quien colecciona nostalgias infantiles... Es por detalles como estos que me gustas tanto. Quiero aprender a encontrarte en ellos porque tú ya vas de salida y yo a penas voy llegando.
Vuelves con tu paz, la jarra humeante y sendos recipientes diminutos. A tu silencio y sin mirarte respondo “perdón, es que si no lo escribo se me olvida”. Tú vuelves a no decir nada; sé que estás ocupado estudiando mi boca con tus ojos amarillos. “Quisiera llevármelos y que me lleven”, pienso.
Una sobreabundancia de energías libres y, sin embargo, dominadas.
Estás sirviendo el té. Levanto la mirada.
Me sonríes. Me inundas.
Te devuelvo la sonrisa y se suavizan las líneas de tu rostro.
Te sientas en la cama y bebemos. No dejo de mirar de tu cuarto todos los detalles. Cada imagen invoca una nueva pregunta. Pienso en el texto que voy a escribir luego (el texto que escribo ahora), en que habré de deducir de cada frase sin sentido todo lo que sí sentía y no tuve tiempo de registrar en tres minutos. Nos acostamos bocarriba y dices: “Ya viste? Estás vestida de negro con rojo. Es como la contraparte de mi pared, roja con negro”.
Él no lo sabe, pero lo intuye.
Me incorporo y retomo la escritura para poder seguir viéndote de reojo, garabateando cualquier cosa con tal de no romper este idilio que mantengo con tu curiosidad. No sé si juegas también pero en lugar de interrumpirme te levantas de la cama, tomas la pipa del buró y sales al balcón sin decir una palabra.
Vacía despreocupado la ceniza que quedó en la pipa.
Miro tu nuca y pienso en no olvidarme de escribir que, mientras miraba la curva de tu nuca, también pensaba en no olvidarme de escribir que miraba la curva de tu nuca. Estudio tus libros con recelo. Los envidio por cada caricia que tus dedos regalaron a sus páginas, porque saben cómo se llama ese color que guardan tus ojos (sé que tiene un nombre pero no lo recuerdo), por tener asientos de primera fila....
Tomo notas mentales del gesto de tu hombro derecho cuando golpeas la pipa de madera contra la maceta, y el tacto de tu pelo... ¿Cómo conservo el tacto de tu pelo?
Se me acaba el tiempo...
A ojos cerrados imprimo en mi memoria el aroma del té que habla de arroz con mi nariz, guardo la imagen de su vapor que se confunde con el calor que se siente aquí adentro y el gusto del sake que a varias semanas, y a diferencia de otras cosas, consigo restaurar casi íntegro sobre mi lengua.
Te das media vuelta. Aún sin que te mire me pones nerviosa.
Me mira de reojo, sonríe.
Sonrío.
Ya no sé qué escribir para robarle otro segundo a este momento sagrado que se extingue, como las hojas dentro de la pipa en un aliento compartido.
Fuma.
Te quedas de pie frente a mí. Desde mi palco decido no buscar tus ojos, sólo tomo la pipa,
Fumo.
pero tú buscas mi boca. No te importa que yo esté escribiendo, seguro vas a besarme...
Me besa.
Me estás besando.
Me besa.
Dejo caer la pluma sobre la libreta.
octubre 09, 2008
Ineludible

"It might not be the right time
I might not be the right one
but there's something about us I've got to do
some kind of secret I will share with you"
septiembre 29, 2008
Trapos al sol

Años atrás me habría sonrojado al reconocer que soy intrusiva (curiosilla, digamos) pero con tanta nueva desviación poniéndose de moda hoy no me causa mayor conflicto admitir públicamente mi pasión por el morbo.
Muy temprano, creo que en prepri (desde niña empecé a esquivar la imposición del “bien” sobre el “mal” que tanto daño le ha hecho al mundo), inauguré mi carrera de morbosa cuando alcé mi falda de manera intermitente ante los ojos perplejos de mis compañeros cincoañeros para que dejaran de adivinar -de una vez por todas, carajo- de qué color eran mis calzones.
Fue un acto por demás espontáneo: primero porque no todos los días surgen oportunidades de calidad para sacar a orear al exhibicionista que vive dentro de uno, y después porque tampoco pude aguantarme las ganas de incitar los pudores recién estrenados de mis coetáneos. Los inocentes no sabían qué hacer con tanto desembarazo y se debatían entre agarrarse los cachetes invadidos de sangre, correr a decirle a la miss o taparse los ojos con los dedos estratégicamente separados en un gesto innegable del morbo infantil. Así me descubrí embonando en una subcategoría un poco menos cívica: Peor que una morbosa ordinaria, yo soy morbosa del morbo ajeno.
El misterio de mis prendas íntimas (y, por lo tanto, el disfrute de la experiencia iniciática) fue breve. Al correr de pocos días el experimento ya había arrojado dos hipótesis: que todos mis calzones eran blancos o -peor- que todos los días me ponía los mismos calzones. La urgente necesidad de encontrar un ritual sustituto se apoderó de mí como alma sin cuerpo… misma que con el tiempo fue desechando frustraciones y entendiendo de latencias.
Los tendederos sólo empezaron a llamar mi atención casi una década después, cuando para asombro de todos Doña Teté mandó poner una celosía sobre el techo de su casa, a la entrada de la colonia. Después de todos esos años de intemperie no podía acabar de entender cuál sería su urgencia, su repentina necesidad de una pared de ladrillos huecos que disimularan las hilerotas de ropa húmeda que coronaban su casita de un piso desde que empecé a acumular recuerdos.
¿Para qué sirve, si al reconocerse incómoda sobre la necesaria exposición de la lavandería recíen hecha no hacia más que renunciar a la anonimidad platónica que gozaba la fila de chicheros desvarillados que hacían graciosas volandas desde su azotea todos los miércoles? ¿Para qué, si ese muro que no es muro consigue lo mismo que una blusa con escote (en lugar de tapar, invita a asomarse)? ¿Para qué, si –en todo caso- poner una celosía salía más caro que pagar el enganche y la mitad de las mensualidades de una secadora de ropa del Elektra?
Luego de darle varias vueltas al asunto, mi reinaugurado sentido del morbo reveló la única respuesta lógica: todavía existen valientes, fundamentalistas irreductibles que se resisten a perder su derecho al exhibicionismo en manos de Mabe, Whirpool y otras tecnologías del secado pudoroso.
Me gustan los tendederos porque cada prenda limpia grita al viento la autobiografía no autorizada del ser humano que con ella se vistió; porque la ropa sucia se lava en casa pero no se ha inventado un detergente que elimine de los textiles expuestos (cansados de tanta reincidencia y doblés) las primeras y reveladoras transparencias. Porque las faldas, fondos y camisas de todas las tallas que ponemos a ondear ante el implacable escrutinio del ojo ajeno nos desvisten de las pretensiones que pretendemos a través del acto del vestido, revelando con cada mancha indeleble la memoria de nuestros vicios y costumbres recurrentes, de otra manera, privados.
La siguiente es una oda visual a aquellos audaces revolucionarios de la lavandería que siguen ejerciendo el acto libre y voluntario de convertir su línea de trapos húmedos en camaleónico estandarte... si bien sólo para reconciliarse con este mundo de morbosos recíprocos en donde, a pesar de nuestro empeño por sentirnos diferentes, acabamos convergiendo en nuestros hábitos más percudidos.
Al final, todos andamos enseñando los calzones.





septiembre 23, 2008
Kissing the frog

septiembre 15, 2008
Panzarriba
























