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julio 31, 2009

Nina watch the stars



No voy a escribir mucho; tiendo a extraviar la esencia de las cosas en palabrerías. Lo que debo decir esta vez es tan sencillo, tan sagrado y tan irremediable que la foto que corona este post debería ser más que suficiente para explicar cómo fue posible que me halle trastornada a causa de una criatura maloliente, cubierta de pelo, que se presume dueña de mi cama, que no entiende razones y -oh sí, peor aún- se siente con todo el derecho de calentar su cuerpo enroscándoseme como un turbante alrededor de la cabeza o de morder mis dedos de los pies justo durante los mejores momentos de mi vida onírica.

Señoras y señores: me confieso a merced de una bestia. Este pedazo del reino animal gobierna mis emociones.

Nunca fui más feliz.

Oh, it feels good to be alive.

septiembre 15, 2008

Panzarriba



Hoy debí haber hecho algo muy bien porque me dieron un extraordinario hueso de asado. Más bien, me dieron un hueso de asado de manera extraordinaria, porque casi siempre como lo mismo. Me encontraba panzarriba gozando los favores del sol, como todos los días, cuando -así de repente, nomás porque sí- llegó la más bajita de las tres y puso sobre la loza y a mi disposición un suculento pedazo de alegría. No me equivoqué cuando asumí que si estaba en mi camino claramente era para mí. Lo mejor de todo es que no necesito conocer el por qué detrás de ese hueso de asado; fue delicioso y fui muy feliz.

Unos minutos después del hueso, mientras todavía lamía de mis bigotes los últimos restos de grasa y digería placidamente sobre la cama junto con ellas, debí haber hecho algo muy mal porque la que me invitó a subir a la cama arrugó el entrecejo y, casi en seguida, las otras dos me voltearon a ver y se taparon la nariz. La más bajita de las tres comenzó a abanicarme con una almohada -con todo y que no hacía calor- y la que nunca está en la casa agitó sus brazos de arriba a abajo como espantando moscas -a mí me gusta cazarlas a la Miyagui San pero con el hocico-... sólo que en el cuarto no habían moscas. Entonces, ante mi descuido, entre aspavientos y empujones -así de repente, nomás porque sí- me sacaron del cuarto y me aventaron de nuevo al patio de enfrente.

A veces, sólo por un momento, siento pena por los humanos.

Su percepción tan limitada del mundo no los deja entender la sencillez de las cosas.
Su sistema de navegación está tan poco evolucionado que todavía depende del desarrollo del intelecto.
Su apego a lo que conocen y persiguen (es decir, a "lo que está bien") y su rechazo a lo que no conocen y evitan (es decir, a "lo que está mal") es el único método que tienen para dar sentido a sus experiencias (es decir, a sus vidas).
Incluso aprendieron a hablar porque no pudieron seguir soportando una existencia libre de juicios explícitos -ahora a eso lo llaman personalidad- y porque no se permiten la neutralidad y el silencio que hacen falta para vivir el aquí y ahora.

Tienen el instinto todo empolvado; están domesticadas, las pobres. Pero yo las perdono; no saben lo que hacen.

Qué extraños son los humanos.
Qué bien se siente la caricia del sol sobre mi espalda.